Pisco en escena (II Entrega ): Cuando la cultura se convierte en escenografía

 

La cultura es demasiado importante para ser utilizada como simple decoración del poder. Una danza tradicional puede ser expresión de memoria colectiva o convertirse en fondo visual de una fotografía de corte oficial. Un monumento histórico puede ser patrimonio vivo o transformarse en escenario para una producción audiovisual de temporada. Una celebración popular como la 59.ª Semana Turística de Pisco puede fortalecer la participación ciudadana o transformarse en un espectáculo utilizado para legitimar a los administradores de turno. La diferencia sustancial reside en lo que ocurre después de la fotografía.

¿Qué permanece cuando termina la celebración? ¿Existe una política cultural detrás del festejo? ¿Existe investigación, conservación patrimonial, formación o presupuesto sostenido?

¿Se cuenta con la participación real de los actores culturales y una evaluación de resultados? Si las respuestas son negativas o insuficientes, nos encontramos ante una "cortina de humo festiva", donde la cultura corre el riesgo de ser reducida a un mero recurso ornamental del discurso político. Pisco posee suficientes razones históricas para sentirse orgullosa de su identidad. No necesita fabricar artificialmente una pertenencia. Precisamente por eso resulta preocupante cuando la identidad cultural es reducida a una sucesión de símbolos, frases grandilocuentes, banderas, música, desfiles, concursos y discursos destinados a provocar una reacción sentimental inmediata. La identidad aparece. La cultura aparece. El símbolo histórico aparece. La autoridad aparece. Pero la pregunta fundamental permanece: ¿Qué política pública existe detrás de ello? Porque la identidad no se fortalece solamente con discursos y actividades sobre identidad. Se fortalece investigando la historia, preservando el patrimonio, formando ciudadanos, apoyando a los actores culturales, protegiendo las tradiciones y construyendo espacios donde la población pueda participar activamente en la producción de su propia cultura.

Uno de los fenómenos más interesantes de observar en la esfera pública contemporánea es la transformación de la difusión institucional en una auténtica estética de la gestión, una deriva directa de la política del espectáculo. Bajo este enfoque, la dinámica pública parece responder a un libreto estricto: todo debe ser registrado, fotografiado, filmado y publicado inmediatamente. Las figuras de autoridad aparecen de forma ubicua en ceremonias, recorridos, reuniones, celebraciones e inauguraciones, produciendo una sucesión permanente de imágenes de actividad.

Pero existe una diferencia fundamental entre hacer gestión y comunicar que se está haciendo gestión. La primera pertenece al ámbito de los resultados; la segunda, al de la narrativa. Cuando la segunda comienza a ocupar un espacio desproporcionado frente a la primera, surge el fenómeno del "populismo municipal": una forma de gobernar donde la imagen proyectada crece mucho más rápido que las soluciones reales sobre el terreno. Se activa así una clara paradoja: cuanto más intensa es la producción visual de un relato oficial, más necesario resulta verificar la realidad que esas imágenes pretenden representar.

Toda imagen tiene un fuera de campo. La cámara decide qué entra y qué queda excluido. Si muestra una plaza llena de personas, no muestra necesariamente su estado permanente. Si muestra un espacio turístico, omite la calidad real de los servicios básicos cotidianos. Si se enfoca en la inauguración de una actividad, se oculta el proceso administrativo o la falta de este que la hizo posible. Si muestra una ciudad celebrando, invisibiliza sus problemas estructurales. La ausencia también comunica. Aquello que jamás aparece en las publicaciones oficiales es tan importante como lo que se exhibe constantemente. Por eso, una evaluación crítica de la comunicación local exige formular una pregunta sencilla: ¿Qué Pisco aparece en la propaganda y qué Pisco desaparece de ella? Esa interrogante nos permite trazar la frontera entre la representación y la invisibilización.

Pero este despliegue de pantallas e imágenes no es gratuito. Detrás de cada video y de cada puesta en escena hay un costo implícito. En la entrega final, examinaremos la dimensión económica de esta narrativa: el dinero de los ciudadanos y el deber de rendir cuentas.


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