Pisco en escena (I Entrega): El espejismo de la imagen

 

La 59.ª Semana Turística de Pisco puede ser entendida como una celebración destinada a promover el turismo, la cultura y las tradiciones de la provincia. Pero también puede y debe ser observada desde otra perspectiva: como un escenario de representación pública en el que el aparato institucional construye, mediante fotografías, videos, discursos, publicaciones digitales, eventos y actividades una determinada imagen de la ciudad y, simultáneamente, una determinada imagen de su propia gestión de turno. El problema no reside en celebrar Pisco, utilizar sus símbolos o promover sus atractivos. El problema aparece cuando la difusión institucional convierte la celebración en una plataforma de exaltación política y la identidad cultural en una escenografía capaz de producir una percepción de éxito gubernamental que no necesariamente corresponde con los resultados objetivos de la administración local.

Bajo esta lógica, la festividad corre el riesgo de operar como una versión contemporánea y territorializada del clásico panem et circenses —pan y circo—, o lo que en la sociología política actual se denomina una "cortina de humo festiva": una monumental distracción colectiva que camufla deliberadamente la propaganda política dentro del júbilo popular para anestesiar el juicio crítico de la población.

Resulta necesario mirar estos fenómenos más allá de la superficie estética. Una fotografía de corte oficial nunca es completamente inocente: selecciona, encuadra, jerarquiza y excluye. Un video no solamente registra acontecimientos; construye una narrativa mediante imágenes, música, edición, protagonistas y discursos. Una publicación institucional no se limita a informar: decide qué aspecto de la realidad debe ocupar la atención ciudadana. Por eso, analizar la comunicación visual de la 59.ª Semana Turística exige preguntarse no solamente qué se muestra, sino qué realidad se está construyendo mediante aquello que se muestra. Nos encontramos, en el fondo, ante una estrategia de lavado de imagen, donde la algarabía y el color de un festival se instrumentalizan para limpiar la percepción pública y simular un bienestar generalizado.

Hagamos entonces una primera distinción fundamental: la provincia representada y la provincia real del día a día. La provincia representada es aquella que aparece en las fotografías y videos oficiales: festiva, turística, patriótica, colorida, culturalmente activa, rodeada de ciudadanos, artistas, autoridades, símbolos y escenarios cuidadosamente seleccionados. Es una ciudad preparada para ser observada, compartida y consumida visualmente. La provincia real del día a día es otra cosa. Es la ciudad experimentada cotidianamente por sus habitantes; aquella que debe enfrentar problemas de infraestructura, servicios públicos, conservación patrimonial, planificación urbana, limpieza, seguridad, movilidad, espacios culturales, desarrollo económico y calidad institucional. Ambas pueden coexistir. Se puede celebrar una Semana Turística y, simultáneamente, mantener problemas estructurales pendientes. La cuestión crítica comienza cuando la provincia que se representa pretende ocupar por completo el lugar de la provincia real.

Una ciudad no se transforma porque aparezca mejor iluminada en un video institucional. Un espacio público no se recupera porque una autoridad se fotografíe en él. El turismo no se desarrolla automáticamente porque una campaña utilice imágenes atractivas. Una política cultural tampoco existe porque una entidad pública difunda fotografías de artistas, danzas o patrimonio. La imagen puede comunicar una realidad; no puede sustituirla. Reducir la administración de un territorio a este constante despliegue de simulacros no es hacer gestión; es ceder ante el "populismo municipal" y la "política del espectáculo", donde el valor de un gobierno local ya no se mide por sus obras estructurales, sino por su capacidad de sostener un show mediático continuo.

La propaganda visual contemporánea no necesita necesariamente consignas partidarias explícitas. Puede operar mediante mecanismos mucho más sofisticados. Se trata de una "propaganda camuflada e integrada" que diluye el mensaje político dentro de la herencia cultural de la comunidad para volverlo imperceptible y, por tanto, altamente digerible. El poder aparece en el centro de la fotografía. La autoridad ocupa el plano principal. Alrededor aparecen ciudadanos, artistas, niños, símbolos patrios, escenarios culturales y elementos turísticos. El montaje audiovisual incorpora música emotiva. La narración utiliza palabras como identidad, orgullo, tradición, historia, cultura, turismo y desarrollo. El resultado no es simplemente una fotografía de un acontecimiento. Es una asociación simbólica: autoridad - celebración - identidad - orgullo - éxito - gestión.

Esta es la gramática visual del poder. La ciudadanía termina viendo acontecimientos positivos y, por asociación, puede vincularlos con la administración que los organiza y comunica. El evento se convierte entonces en evidencia visual de una supuesta eficacia institucional, aunque la imagen por sí misma no pueda demostrarla. Aquí reside uno de los principales riesgos de la comunicación institucional: confundir visibilidad con gestión y actividad con resultados. Gobernar no significa aparecer permanentemente haciendo algo. Gobernar significa planificar, administrar, ejecutar, mantener, resolver, evaluar y rendir cuentas. Una cosa es informar que un evento se ha realizado; otra muy diferente es construir reiteradamente la percepción de un avance histórico irreversible basado en eventos temporales. La primera es información de interés público; la segunda es un relato de autoelogio político que busca confundir visibilidad con eficacia.

*En la siguiente entrega, analizaremos cómo este fenómeno visual transforma la riqueza de nuestra identidad cultural en una simple decoración para las cámaras públicas, y qué preguntas quedan sin responder cuando se apagan los reflectores.


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