Cultura peruana: El precio de desperdiciar lo que somos

No es falta de cultura; es falta de prioridad política. Un país que posee una de las mayores concentraciones de patrimonio arqueológico, histórico y cultural de América Latina no puede seguir tratando la cultura como una actividad secundaria dentro de sus prioridades nacionales. El problema no consiste únicamente en cuánto dinero recibe el sector, sino en la escala de los recursos, la estructura del gasto, la continuidad de las políticas, la capacidad institucional y la distribución territorial de las oportunidades. Después de dos décadas observando las dificultades del sistema cultural peruano, lo afirmo sin titubeos: la cultura todavía no ha conseguido convertirse en una verdadera política de Estado. Sigue dependiendo, en demasiados casos, de coyunturas presupuestarias, cambios institucionales y decisiones políticas de corto plazo.

Los números permiten dimensionar el problema. Para 2026, el Sector Cultura tiene asignados S/ 826,8 millones, 16,97 % menos que el PIA de 2025. Pero la cifra global esconde un dato todavía más importante: 81,2 % corresponde a gasto corriente y apenas 18,7 % a gasto de capital. Este último asciende a S/ 154,9 millones y disminuye 49,4 % respecto del PIA 2025. El presupuesto de inversiones propiamente dicho se sitúa en S/ 147,7 millones, aproximadamente la mitad de los S/ 297,2 millones previstos en 2025. La discusión, por tanto, no debería limitarse a reclamar más presupuesto. Hay que preguntarse cuánto de los recursos disponibles puede convertirse efectivamente en infraestructura cultural, conservación, restauración, investigación, recuperación patrimonial y nuevos servicios para la ciudadanía.

El problema peruano tampoco puede analizarse únicamente observando el monto absoluto del presupuesto. Una comparación internacional seria exige utilizar indicadores homogéneos: mismo año, misma definición de gasto cultural, mismo nivel de gobierno y metodología comparable. Por eso resulta más responsable evitar cifras espectaculares pero metodológicamente difíciles de sostener y concentrarse en una cuestión más importante: qué proporción de los recursos públicos se destina realmente a construir capacidades culturales y qué resultados produce esa inversión. La discusión no es solamente cuánto gastamos, sino qué país estamos construyendo con aquello que decidimos financiar.

UN ESTADO QUE DEBE PROTEGER UNA MEMORIA DE ESCALA NACIONAL

La magnitud del patrimonio peruano hace todavía más exigente esa responsabilidad. El Ministerio de Cultura registra 27 060 sitios arqueológicos prehispánicos y 4 323 monumentos, más de 31 000 bienes que forman parte del patrimonio arqueológico y monumental del país. No estamos hablando, por tanto, de unas cuantas huacas emblemáticas, de Machupicchu, Chan Chan, Caral o las líneas de Nasca. Estamos hablando de una red patrimonial distribuida por prácticamente todo el territorio nacional y que requiere diferentes niveles de investigación, registro, delimitación, conservación, vigilancia, recuperación y puesta en valor.

El propio Sistema de Información Geográfica de Arqueología (SIGDA) mantiene información en permanente actualización. Esto obliga a ser rigurosos con las cifras: ya no resulta responsable repetir como dato vigente que existen “más de 100 000 sitios arqueológicos y solo 10 % registrados” sin especificar el año, la metodología y qué se entiende exactamente por “registrado”. El dato contemporáneo más sólido es el inventario oficial de 27 060 sitios arqueológicos prehispánicos registrado por el Ministerio de Cultura. Pero incluso ese registro revela la dimensión del desafío. Identificar un bien cultural no significa necesariamente haberlo delimitado, saneado, investigado, protegido, conservado y puesto en valor.

Las invasiones, el tráfico de terrenos y el saqueo continúan amenazando espacios que deberían ser considerados activos irrenunciables de la memoria nacional. Las alertas de especialistas sobre la destrucción de sitios arqueológicos muestran que no estamos ante un problema exclusivamente técnico: cuando un sitio es destruido antes de ser adecuadamente protegido, desaparece información histórica que jamás podrá recuperarse.

La situación resulta especialmente preocupante porque el patrimonio arqueológico no compite únicamente contra el abandono. También enfrenta presiones inmobiliarias, expansión urbana, actividades extractivas y ocupaciones ilegales. La protección efectiva requiere algo más que declaraciones de patrimonio: necesita delimitación, fiscalización, coordinación interinstitucional, capacidad operativa y mecanismos eficaces para impedir que el daño ocurra. La memoria no se conserva con discursos. Se conserva con instituciones capaces de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Tampoco basta con convertir el patrimonio en atractivo turístico. El turismo puede contribuir a su conservación cuando existe planificación, capacidad de carga, investigación, interpretación y reinversión; pero cuando el patrimonio se reduce a escenario para fotografías y consumo rápido, se pierde precisamente aquello que le otorga valor. Nuestra memoria no puede ser administrada únicamente como mercancía. El desarrollo turístico debe estar subordinado a la conservación y a la comprensión del patrimonio, no al revés.

UN PATRIMONIO HISTÓRICO TAMBIÉN EXPUESTO AL DETERIORO

La amenaza no se limita a los sitios arqueológicos. El Ministerio de Cultura identificó 4 863 bienes inmuebles históricos y señaló que 3 160 monumentos virreinales, más del 65 %, se encontraban expuestos a riesgo ante sismos de gran magnitud u otros fenómenos y desastres naturales. Este dato introduce otra dimensión del problema: proteger patrimonio no significa solamente impedir que alguien lo invada o lo destruya deliberadamente. También significa mantenerlo frente al deterioro, los fenómenos naturales y la ausencia de mantenimiento.

En un país sísmicamente vulnerable, la conservación preventiva no puede ser una actividad secundaria. Cada inmueble histórico que se pierde representa información arquitectónica, histórica y social que no puede reconstruirse mediante una fotografía ni mediante una placa conmemorativa.

NO TODO EL PATRIMONIO ESTÁ HECHO DE PIEDRA

Existe, además, otra dimensión de la cultura que no puede medirse en metros cuadrados de monumentos: el patrimonio inmaterial. Una lengua, una danza, una tradición oral, una técnica artesanal, una festividad, una práctica musical, una expresión ritual o un conocimiento transmitido entre generaciones también constituye patrimonio. Cuando desaparece una lengua o se interrumpe la transmisión de un conocimiento tradicional, no estamos perdiendo simplemente una costumbre: estamos perdiendo una forma particular de comprender el mundo.

La política cultural peruana debe proteger tanto las piedras que sobrevivieron al tiempo como los conocimientos que sobreviven gracias a las personas. Esta distinción es fundamental. Un país puede restaurar una fachada y, al mismo tiempo, permitir que desaparezca el conocimiento social que daba sentido a ese espacio. Puede conservar un objeto en una vitrina y perder la práctica que lo originó. Puede declarar una festividad patrimonio cultural y no garantizar las condiciones para que las nuevas generaciones continúen transmitiéndola.

Conservar cultura no significa solamente conservar objetos. Significa conservar sistemas de conocimiento, memoria y transmisión.

ARTISTAS Y TRABAJADORES CULTURALES: RECONOCER NO ES PROTEGER

La precariedad también alcanza a quienes producen cultura. Aquí es necesario corregir otra cifra que suele circular de manera equivocada. El Registro Nacional de Trabajadores y Organizaciones de la Cultura y las Artes, RENTOCA, no tiene 4 300 trabajadores registrados. A diciembre de 2024, el Ministerio de Cultura reportaba 30 119 trabajadores de la cultura y las artes registrados. El dato territorial es todavía más revelador: 82,3 % provenía de regiones fuera de Lima, mientras que Lima representaba 17,7 %. Esto demuestra que el talento cultural peruano no está concentrado exclusivamente en la capital. El problema es que las oportunidades, los circuitos de circulación, la infraestructura, el financiamiento y los mercados sí presentan fuertes desigualdades territoriales.

Estar registrado tampoco equivale automáticamente a tener empleo formal, seguridad social, estabilidad contractual o protección previsional. Según el PESEM 2024-2030 del Sector Cultura, en 2022 el 45 % de los trabajadores del sector cultural y creativo laboraba de manera independiente. La profesionalización del sector, por tanto, no puede reducirse a registrar artistas o crear nuevas obligaciones administrativas. Profesionalizar significa generar condiciones para que un músico, actor, bailarín, escritor, artesano, cineasta, diseñador o gestor cultural pueda desarrollar su actividad con derechos, ingresos sostenibles y posibilidades reales de crecimiento.

Aquí aparece una discusión que merece mayor profundidad: cómo proteger profesionalmente a los trabajadores de la cultura sin convertir la protección en una nueva estructura burocrática que termine restringiendo el ejercicio creativo. Cualquier propuesta de colegiatura o regulación profesional debería responder a una pregunta fundamental: ¿qué problema concreto pretende resolver y qué beneficios tangibles producirá para los artistas? Si todavía existen brechas en financiamiento, circulación, formación, protección social y acceso a mercados, crear nuevas obligaciones administrativas puede terminar regulando aquello que todavía no se ha logrado sostener.

EL TALENTO ESTÁ DESCENTRALIZADO. LAS OPORTUNIDADES NO NECESARIAMENTE

Aquí aparece una contradicción que debería ocupar un lugar central en cualquier política cultural seria. El 82,3 % de los trabajadores culturales registrados en RENTOCA se encuentra fuera de Lima, pero los niveles de participación cultural presentan diferencias territoriales significativas. En 2024, la proporción que visitó museos con fines de apreciar patrimonio fue de aproximadamente 8,8 % en la Costa, 6,6 % en la Sierra y 5,1 % en la Selva. El talento está distribuido territorialmente. Las oportunidades no necesariamente.

La descentralización cultural tampoco puede reducirse a distribuir fondos. Una política cultural territorial requiere infraestructura, museos, bibliotecas, teatros, centros culturales, espacios de formación, circuitos de circulación y capacidades técnicas permanentes. De poco sirve reconocer que el talento existe en las regiones si ese talento no dispone de escenarios, mercados, financiamiento, formación especializada y redes de circulación para convertir la creación en una actividad sostenible.

La verdadera descentralización cultural no consiste en llevar ocasionalmente un espectáculo desde Lima hacia una región. Consiste en construir las condiciones para que cada territorio pueda producir, exhibir, preservar y hacer circular su propia cultura. Un músico ayacuchano no debería necesitar emigrar para encontrar un escenario. Un realizador audiovisual de Puno no debería necesitar trasladarse a Lima para acceder a una industria. Un artista de Ica, Amazonas o Loreto debería poder construir una trayectoria profesional sin que la geografía se convierta en una condena económica.

EL TALENTO NO ES EL PROBLEMA: EL ECOSISTEMA SÍ

Las industrias culturales y creativas ofrecen otra paradoja. El talento existe y el sector está creciendo. Según información de la ENAHO analizada por el CEPLAN, la población ocupada en actividades culturales y creativas pasó de 196 900 personas en 2015 a 272 500 en 2024, un crecimiento cercano al 38 %.

Esto obliga a modificar la vieja idea de que la cultura es simplemente un gasto público. Existe una economía cultural y creativa que genera empleo y actividad productiva. La Cuenta Satélite de Cultura estimó que en 2017 las industrias culturales y creativas aportaban 1,2 % del PBI nacional y generaban 63 663 empleos. Es una medición histórica que requiere actualización, pero demuestra que la cultura posee una dimensión económica concreta.

Y aquí aparece una deficiencia que debería ser parte de la discusión nacional: si las industrias culturales son consideradas estratégicas, el país necesita estadísticas económicas actualizadas que permitan conocer su aporte al PBI, empleo, exportaciones, productividad y recaudación. Mientras tanto, el mundo está avanzando rápidamente. Las exportaciones globales de servicios creativos pasaron de US$ 512,1 mil millones en 2010 a US$ 1,73 billones en 2024, mientras que las exportaciones de bienes creativos alcanzaron US$ 708,6 mil millones en 2024.

Mientras otros países desarrollan ecosistemas para capturar una parte de ese crecimiento, el Perú todavía discute la cultura principalmente desde la lógica del gasto. Ese es un error estratégico. La cultura contemporánea también comprende audiovisual, animación, diseño, videojuegos, publicidad, música, contenidos digitales, arquitectura, software y actividades basadas en propiedad intelectual.

El caso de Red Animation Studios resulta ilustrativo. El estudio peruano, con más de dos décadas de experiencia y una trayectoria internacional, abrió en 2025 una nueva sede en Tenerife. El caso no permite atribuir automáticamente una única causa a una decisión empresarial, pero evidencia que las empresas creativas operan en un mercado internacional donde compiten por talento, inversión, infraestructura, incentivos y condiciones regulatorias.

El problema no es que los peruanos trabajen para el mundo. Eso puede ser una fortaleza. El problema aparece cuando el país forma talento que luego encuentra mejores condiciones fuera de su territorio porque aquí no existe un ecosistema suficientemente desarrollado para absorberlo. El desafío no consiste en impedir la movilidad profesional, sino en conseguir que el Perú también sea un lugar donde ese talento pueda quedarse, invertir, crear empresas y generar empleo.

LA CULTURA NO ES SOLO PATRIMONIO: ES ECONOMÍA

Sería igualmente equivocado presentar la cultura únicamente como conservación del pasado. Durante 2024 se financiaron 293 proyectos de artes escénicas, artes visuales y música, además de 192 proyectos cinematográficos y audiovisuales: 485 proyectos en total.

Eso demuestra que existen instrumentos públicos de apoyo. Pero la pregunta importante es de escala y continuidad. Un fondo concursable puede financiar un proyecto; no necesariamente construye una carrera profesional. Un estímulo puede producir una película; no necesariamente crea una industria audiovisual. Una subvención puede permitir un concierto; no necesariamente genera un circuito permanente de circulación. La pregunta, entonces, no es únicamente cuántos proyectos se financian, sino cuántos quedan fuera, cuántos agentes culturales acceden realmente a estos mecanismos y qué capacidad tienen las políticas públicas para convertir financiamiento puntual en ecosistemas sostenibles.

LA DEMANDA CULTURAL EXISTE

Los datos también obligan a evitar otra conclusión equivocada: el Perú no es un país sin público cultural. La recuperación posterior a la pandemia demuestra que existe una demanda cultural significativa. Entre 2021 y 2024, la asistencia al teatro pasó de 2,0 % a 8,6 %; la asistencia a espectáculos de danza, de 2,9 % a 15,7 %; el circo, de 0,7 % a 6,9 %; los espectáculos musicales, de 5,2 % a 18,1 %; y el cine, de 3,5 % a 29,7 %.

El problema, por tanto, no es una sociedad que haya dejado de consumir cultura. Existe una recuperación evidente de la demanda. El desafío es convertir esa recuperación en participación cultural sostenida, accesible, descentralizada y vinculada con la formación de públicos.

CUANDO UNA SOCIEDAD DEJA DE RECONOCERSE

En 2024, el 14,9 % de la población peruana de 14 años y más declaró haber visitado algún sitio del patrimonio cultural con la finalidad de apreciarlo. En el caso específico de los museos, el porcentaje fue 7,7 %. Pero estos indicadores no deben interpretarse como prueba de una supuesta apatía cultural del ciudadano peruano. Una persona que no visita un museo no necesariamente carece de interés. Puede vivir lejos de uno, no contar con recursos para desplazarse, no haber recibido una educación que le permita interpretar adecuadamente lo que allí encuentra o simplemente no sentirse representada por la oferta cultural existente.

Además, en 2024 los 56 museos administrados por el Ministerio de Cultura registraron aproximadamente 1,79 millones de visitas, mientras que los monumentos arqueológicos prehispánicos administrados por el sector registraron alrededor de 3,24 millones de visitas. Son indicadores distintos: la encuesta mide personas y los registros administrativos contabilizan visitas. No deben mezclarse. Pero juntos muestran algo importante: existe demanda cultural y existe público; el desafío consiste en ampliar y democratizar ese acceso.

La situación de los espectáculos musicales ofrece una lectura similar. En 2024, el 18,1 % de la población de 14 años y más asistió al menos una vez a un espectáculo musical. Entre quienes no asistieron, la falta de interés representó el 56,1 % de las razones declaradas. La precisión es fundamental: esto no significa que 56,1 % de los peruanos rechace los  conciertos. Significa que, entre quienes no asistieron, esa fue la principal razón declarada. Por eso la baja participación cultural no puede atribuirse exclusivamente a una supuesta apatía ciudadana. También obliga a examinar la oferta, los costos, la distribución territorial, la información disponible, los hábitos culturales y la capacidad de las instituciones para construir públicos.

LEER TAMBIÉN ES PARTICIPAR EN LA CULTURA

La cultura tampoco termina en museos, monumentos o espectáculos. En 2024, el 23,5 % de la población de 14 años y más obtuvo o adquirió libros impresos, mientras que el 27,3 % obtuvo o adquirió libros digitales con fines de recreación o información. Estos indicadores no equivalen automáticamente a hábitos de lectura, pero muestran que el acceso a los bienes culturales también está transformándose tecnológicamente.

Una política cultural contemporánea no puede limitarse a conservar el pasado. Debe garantizar que la ciudadanía tenga acceso efectivo al conocimiento, la lectura, la creación y la circulación cultural en soportes físicos y digitales. 

La cultura no es solamente aquello que heredamos. También es aquello que una sociedad produce, lee, escucha, representa, interpreta y transmite a la siguiente generación.

EL COSTO DE NO HACERLO

La discusión presupuestaria suele formularse de manera equivocada: ¿cuánto cuesta financiar la cultura? La pregunta correcta es otra:

¿Cuánto le cuesta al país no hacerlo?

Cada patrimonio que se pierde representa una oportunidad de investigación, educación y turismo que desaparece. Cada artista que abandona su profesión representa talento que deja de producir. Cada empresa creativa que se instala fuera del país significa empleo, conocimiento y propiedad intelectual que podrían haberse generado aquí. Cada biblioteca que no funciona, cada museo que no renueva su propuesta y cada espacio cultural que permanece cerrado representa una oportunidad perdida para formar públicos y construir ciudadanía.

El costo de la inacción cultural también es económico. Solo que casi nunca aparece en el presupuesto.

TENEMOS UNA POLÍTICA NACIONAL. AHORA HAY QUE HACERLA FUNCIONAR

Aquí aparece una de las correcciones más importantes respecto de una crítica simplista del Estado: el Perú sí tiene una política cultural nacional.

La Política Nacional de Cultura al 2030 fue aprobada mediante Decreto Supremo N.° 009-2020-MC y establece seis objetivos prioritarios: valoración de la diversidad cultural; participación en expresiones artístico-culturales; desarrollo sostenible de las artes e industrias culturales y creativas; valoración del patrimonio cultural; protección y salvaguarda del patrimonio; y sostenibilidad de la gobernanza cultural. El problema, entonces, ya no puede formularse como “no existe una política”.

El propio Reporte de Cumplimiento 2024 del Ministerio de Cultura señala que la Política Nacional de Cultura se encuentra en un nivel de implementación intermedio. De los seis objetivos prioritarios con metas programadas para 2024, cinco alcanzaron sus metas y uno no lo hizo. El mismo reporte señala que persisten desafíos y que es necesario reforzar las coordinaciones institucionales para garantizar la adecuada ejecución y el cumplimiento de las metas.

Esto modifica sustancialmente el diagnóstico. El Perú no carece de instrumentos de planificación.

Carece todavía de la capacidad suficiente para convertir de manera homogénea esos instrumentos en resultados sostenibles y territorialmente equilibrados. Y allí está una de las verdaderas discusiones de política pública.

CULTURA, EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

La cultura tampoco puede permanecer separada de la educación. Una educación que conoce la diversidad histórica y lingüística del Perú puede contribuir a reducir prejuicios. Una política patrimonial eficaz puede proteger bienes irremplazables y generar conocimiento. Una industria audiovisual competitiva puede crear empleo y exportar servicios. Un sistema cultural descentralizado puede generar oportunidades fuera de Lima. Y una ciudadanía que reconoce la diversidad de su propio país dispone de mejores herramientas para convivir con quienes tienen historias, lenguas y tradiciones diferentes.

Por eso la cultura no debe ser tratada como un adorno reservado para especialistas ni como un gasto que se activa únicamente cuando existe excedente presupuestario.

Es infraestructura social.

Es también economía.

Es memoria.

Es educación.

Es identidad.

Y es una herramienta para construir ciudadanía.

La cultura puede contribuir a generar empleo, fortalecer territorios, desarrollar industrias creativas, preservar conocimiento y construir vínculos sociales. Pero para hacerlo necesita políticas que conecten patrimonio, educación, economía, innovación, turismo, tecnología y desarrollo territorial.

EL PERÚ NO CARECE DE CULTURA. CARECE DE ESCALA

Los datos desmontan una idea equivocada: el Perú no carece de actividad cultural. Tiene 27 060 sitios arqueológicos prehispánicos, 4 323 monumentos, más de 30 000 trabajadores culturales registrados en RENTOCA, 272 500 personas ocupadas en actividades culturales y creativas, cientos de proyectos financiados anualmente, millones de visitas a museos y monumentos, millones de ciudadanos que participan en espectáculos culturales y una economía creativa que genera empleo.

El problema es que ese enorme capital cultural no está acompañado todavía por una política pública de la misma escala, continuidad, articulación y distribución territorial. No se trata de afirmar que el Estado no hace nada. Sería falso.

Tampoco se trata de sostener que la ciudadanía no tiene interés. Los datos muestran recuperación de la participación cultural. Ni siquiera se trata solamente de pedir más presupuesto. El propio presupuesto revela que la estructura del gasto y la reducción de la inversión son parte del problema.

La cuestión central es otra: ¿Está el Estado peruano organizando sus capacidades, recursos e instituciones a la altura del patrimonio, del talento y de la economía cultural que posee? La respuesta, todavía, es no. No podemos seguir administrando una riqueza cultural milenaria con políticas fragmentadas, respuestas de emergencia y una visión que separa patrimonio de economía, cultura de educación, creación de desarrollo y Lima del resto del país.

El patrimonio destruido no vuelve. Una lengua que deja de transmitirse no se recupera simplemente con una campaña. Un artista que abandona su profesión por falta de oportunidades representa una pérdida que las estadísticas presupuestarias difícilmente registran. Una industria creativa que migra porque encuentra mejores condiciones en otro territorio representa también una pérdida de valor agregado. Y una generación que crece desconectada de su historia queda más expuesta a la discriminación, la simplificación y la manipulación de su propia memoria.

El verdadero problema peruano no es la inexistencia de cultura, talento, patrimonio, público o políticas públicas. Es la insuficiente escala, articulación, continuidad, descentralización y capacidad de ejecución del sistema cultural. El Perú no carece de cultura. Posee una de las mayores riquezas culturales del continente. Lo que todavía no posee, con la continuidad y escala necesarias, es una política cultural a la altura de esa riqueza.

Durante décadas hemos tratado la cultura como si fuera aquello que queda después de atender las verdaderas prioridades del Estado. Los datos demuestran que esa premisa es equivocada. La cultura genera empleo, moviliza economías, preserva patrimonio, produce conocimiento, construye identidad, fortalece la convivencia y puede convertirse en una plataforma de innovación y desarrollo. El verdadero lujo que el Perú no puede permitirse no es invertir en cultura. Es seguir desperdiciando la riqueza cultural que ya posee. 

Porque una nación puede reconstruir una carretera, levantar un edificio o recuperar una cifra del presupuesto. Pero cuando destruye una memoria, pierde un conocimiento o deja morir una expresión cultural, hay cosas que ningún presupuesto puede comprar de vuelta.

REFERENCIAS

Centro Nacional de Planeamiento Estratégico — CEPLAN. Observatorio Nacional de Prospectiva: Expansión de las industrias culturales y creativas.

Instituto Nacional de Estadística e Informática — INEI. Encuesta Nacional de Programas Presupuestales 2024: Patrimonio, servicios y bienes culturales.

Ministerio de Cultura del Perú. Perú cuenta con más de 31 mil sitios arqueológicos y monumentos.

Ministerio de Cultura del Perú. Reporte de Cumplimiento 2024 de la Política Nacional de Cultura al 2030.

Ministerio de Cultura del Perú. Reporte de seguimiento 2024 de la Política Nacional de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas al 2030.

Ministerio de Cultura del Perú. Plan Estratégico Sectorial Multianual (PESEM) 2024-2030 del Sector Cultura.

Ministerio de Cultura del Perú. Registro Nacional de Trabajadores y Organizaciones de la Cultura y las Artes (RENTOCA).

Congreso de la República del Perú / Ministerio de Cultura. Resumen Ejecutivo del Sector Cultura — Presupuesto 2026.

Colegio Profesional de Arqueólogos del Perú [COARPE]. (2026, 16 de junio). Destrucción de Triple Espiral enciende alerta: COARPE advierte invasiones y tráfico de terrenos en Chan Chan, Pacatnamú y Farfán. Infobae.

Dávila Lynch, E. (2026, 9 de julio). Los retos urgentes: ¿quién cuida la cultura cuando nadie habla de ella? PuntoEdu.

OjoPúblico. (2021, 5 de diciembre). Patrimonio en peligro: aumentan invasiones a sitios arqueológicos durante la pandemia.

PROEXCA. (2025). El estudio peruano Red Animation Studios abre nueva sede en Canarias.

TRT Español. (2025, 30 de mayo). Perú reduce zona protegida de las Líneas de Nasca y permite legalizar actividad minera.

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